El Orient Express está a punto de partir. Tus maletas ya están listas

Un megáfono anuncia la salida del tren. Son las 11:35 de la mañana en Venecia Santa Lucia. El Venice Simplon-Orient-Express extiende su estampa azul y dorada a lo largo del andén como si desafiara al tiempo. Este no es un tren cualquiera. Es un escenario, un ritual, una promesa: la de vivir el viaje más lujoso del mundo.
Viajar en el Venice Simplon-Orient-Express no es simplemente trasladarse de un punto a otro: es rendirse a una experiencia sensorial donde el lujo, la historia y la belleza convergen en una narrativa que se desliza sobre rieles. Este legendario tren, cuya silueta azul y dorada atraviesa el corazón de Europa, invita a los pasajeros a desconectarse del mundo moderno y sumergirse en una era en la que viajar era un arte y el tiempo, un placer.
Desde que partió por primera vez en 1883, el Orient Express ha sido mucho más que un medio de transporte. Ha sido testigo de pactos diplomáticos, encuentros memorables y pasiones secretas. Un puente entre Oriente y Occidente, entre la aristocracia europea y el exotismo de Estambul. En sus compartimentos han viajado artistas, reyes sin corona, estrellas de cine y soñadores incurables. Inspiró novelas, películas, intrigas y sueños. En 1982, el empresario James B. Sherwood rescató y restauró los vagones originales, devolviéndoles su esplendor Art Deco, y con ello nació el Venice Simplon-Orient-Express que hoy conocemos.
Cada detalle ha sido restaurado con una obsesión reverencial: marquetería en maderas nobles, cristales tallados, terciopelos profundos, dorados sutiles. La artesanía europea brilla en cada rincón, desde los compartimentos privados hasta los coches restaurante. Aquí, la nostalgia no es estética: es una declaración. El tren actual cuenta con 17 vagones originales de los años 20 y 30, restaurados a mano con técnicas tradicionales. En su interior, el tiempo se detiene: cada lámpara, cada cortina, cada aplique murmura historias del pasado.


La experiencia culinaria es otro capítulo fascinante. El chef Jean Imbert, galardonado con estrella Michelin, orquesta un menú que viaja junto al tren, inspirado por los ingredientes locales de cada región. Ostras con emulsión de champagne, tournedos de ternera con trufa negra, soufflé de vainilla bourbon… cada plato es una obra de arte servida en vajilla fina y acompañada por una carta de vinos que rinde homenaje a las mejores bodegas de Europa. La cena en el coche restaurante “Étoile du Nord” o en el icónico “L’Oriental” es una coreografía de sabores, aromas y elegancia.
El vagón bar 3674, conocido como “Bar Car”, ofrece un ambiente íntimo y envolvente. Sillones de terciopelo azul noche, piano en vivo, cócteles de autor servidos en cristal tallado. Aquí, las conversaciones fluyen con naturalidad entre desconocidos que comparten un mismo privilegio: vivir el viaje como un rito sofisticado. Es un espacio de camaradería, de encuentros inesperados, donde la lentitud se convierte en lujo.
Y es precisamente en esa lentitud donde reside el verdadero encanto del Venice Simplon-Orient-Express. No se trata solo de observar el paisaje que se desliza—los Alpes suizos, las colinas italianas, las llanuras francesas—sino de saborear cada instante. Dormir mientras el tren atraviesa Europa bajo un cielo estrellado, mecido por el vaivén del acero sobre las vías, es una experiencia casi poética.
Entre sus pasajeros ilustres figuran Audrey Hepburn, Grace Kelly, Alfred Hitchcock y la princesa Diana. Hoy, figuras como Wes Anderson, Emma Stone o Gwyneth Paltrow continúan alimentando la leyenda, reafirmando que este tren es más que un medio de transporte: es una pasarela invisible donde el estilo viaja de la mano de la historia.
Viajar en el Venice Simplon-Orient-Express es una declaración. Es elegir la elegancia sin prisa, la conversación sin pantallas, el perfume de la madera noble y el susurro del pasado como compañero de trayecto. Es, en definitiva, una oda al arte de viajar.
Y al final, cuando el tren se detiene, lo que permanece no es solo el destino alcanzado, sino la transformación que ocurre en el trayecto. Porque en este viaje, lo verdaderamente inolvidable no es llegar, sino haber vivido algo extraordinario.
Y ahora que el reloj marca la hora exacta, el silbato del conductor corta el aire. El Orient Express parte. Tú solo tienes que subir. Las maletas, ya están listas.
by Diurán Salazar